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Buscando el atardecer

Publicado el: 11 Dic 2017

Me gusta caminar, mientras el cuerpo va atento al movimiento y al equilibrio, la mente va propicia al estímulo de los sentidos por la brisa, los colores, el paisaje, las personas… y como impulsados sin medida, saltan recuerdos, vivencias y conocimientos. Esta crónica nace sin pretensiones, es simplemente una caminata por un sector de las murallas y cómo se convierte en una experiencia agradable. Espero te sirva de referencia para cuando vengas por acá.

Con pasos breves camino la rampa que conduce al Baluarte de San Pedro Mártir, son la cinco de la tarde cuando llego al terraplén, varios se han adelantado y observan a la distancia el Fuerte de San Felipe de Barajas, más de cerca al monumento a la India Catalina y la espesura de los manglares que bordean el caño de Juan de Angola y el Lago del Cabrero, paralelos a la muralla.

Apuro el paso, la idea también es hacer ejercicio.  Sorprende a la izquierda el estado ruinoso de la Plaza de Toros de la Serrezuela, construida en estilo sevillano. Recuerdo sus palcos tallados en madera, blancos como un encaje…  la nostalgia me invade, allí viví en la niñez gloriosas tardes de rabo y orejas… Una pareja de turistas que vienen montando bicicletas en sentido contrario, hacen que regrese de los pensamientos a la realidad. Prosigo y subo los peldaños para continuar por encima de las Puertas de La Paz y la Concordia abiertas en la muralla en 1.905 para comunicar la ciudad con El Cabrero, barrio extramuros.  A los cartageneros de la época les pareció apropiado el nombre pues recién había finalizado en 1.902 la Guerra de los Mil Días.

Si algo tiene Cartagena es la capacidad de sorprendernos con curiosidades sin fin. Continúo la caminata sobre la cortina  de muralla que comunica el Baluarte de San Pedro Mártir con el Baluarte de San Lucas y encuentro la única garita cuadrada del cordón de murallas, no sabemos si su diseño se debe a un capricho o a una razón específica de los ingenieros  Cristóbal de Roda o Francisco de Murga, quienes construyeron este sector a partir de 1.630. Mientras recuerdo todo esto veo próxima la rampa que conduce al Baluarte de San Lucas, la que subo no con poco esfuerzo dado su grado de inclinación.

Ya en el Baluarte, continúo por el terraplén, el más amplio de todas las murallas, allí sin querer sorprendo en las troneras a los enamorados que se cuentan sus cuitas entre besos y abrazos, algo tan típico de Cartagena  como el arroz con coco. Me alejo para dejar espacio al amor. Observo luego el Lago del Cabrero con las garzas en vuelo anunciando la proximidad del crepúsculo, el verdor del Parque Apolo, el monumento a la Constitución de 1.886, luego la casa de Rafael Núñez, el único presidente de Colombia cartagenero y quien lo fuera en  tres oportunidades… más allá,  su mausoleo y el de su esposa Soledad Román quien construyó la Ermita de Nuestra Señora de las Mercedes para ese propósito.

Orillando los tendales que servían para guarecer a la tropa del inclemente sol y la lluvia, me dirijo hacia el Baluarte de Santa Catalina. En el trayecto veo a una pareja de orientales, sonrientes y excitados, tomándole fotos a un niño vendedor de “panelitas de coco”, dulce típico, quien se las ofrece insistentemente. Hablan un español deficiente y mientras siguen su sesión de fotos me entero que son japoneses de la ciudad de Oito. Luego le entregan un billete de cinco mil pesos colombianos al niño y siguen presurosos su paseo. Este, con el billete en la mano me dice: “Estos chinos son como locos, me dieron plata y no se comieron ni una panelita” Río de buena gana.

Es inevitable pensar en las batallas que se desarrollaron en estos sitios y cómo las murallas defendieron la ciudad, cuántos cayeron y cuántos sobrevivieron. El esfuerzo y el sudor de tantos esclavos en su construcción…. Las piedras de las que están hechas, testigos mudos, parecen contar historias sin fin.

Siento la proximidad del mar, y la llegada del atardecer es inminente, mi caminata de hoy persigue eso precisamente, contemplar el atardecer. Me apresuro entonces hasta llegar al último tendal en Santa Catalina, allí me siento, extasiado, veo una garita a contra luz y el caribe vestido de plata. Solo entonces entiendo los versos del Maestro Guillermo Valencia, poeta colombiano:

"Hay un instante en el crepúsculo

 en el que las cosas brillan más,

 fugaz momento palpitante 

 de una morosa intensidad".

En seguida, el sol se torna de color naranja mientras desciende hacia el ocaso y casi podría asegurar que escuchamos, a manera de despedida, el sonido de su contacto con el mar en la línea del horizonte…

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